El país del trabajo infinito

Por: Emilio Fonseca

Cada vez resulta más claro que pensar es un delito en Honduras. A eso se suma la lectura, el estudio, la solidaridad, la empatía y, poco a poco, la amistad. Pero no es ese el único pensamiento que me acompaña hoy.

Tener conciencia social era casi una moda cuando empecé mis estudios universitarios. Los años ochenta del siglo pasado fueron particularmente difíciles en nuestra Honduras y la Universidad Nacional Autónoma era un hervidero de ideas de todos los extremos. Todavía existían en nuestro país verdaderos dirigentes populares, sindicatos de obreros, organizaciones campesinas, frentes estudiantiles. 

Pero ya hacía mucho tiempo que apoyar las luchas populares tenía un alto costo. Ya mis años juveniles conocían de desaparecidos, torturados y reprimidos.

Todavía se creía entonces en la mentira del derecho a la huelga, que nos ha llegado convertido en “asambleas informativas”, debido precisamente a la imposibilidad de llevar a cabo una huelga legal, aunque existiera justa causa.

Todavía se hablaba de Reforma Agraria. De Empresas Asociativas, de grandes Centrales de Trabajadores, de Federaciones Obreras, de Derechos de las Mayorías.

Nuestra legislación era, en aquel entonces, producto del sudor y la sangre de personas cuyos nombres siguen siendo parte del olvido. Se sigue hablando de la Gran Huelga de 1954, pero son pocos los que saben en qué consistió, quiénes participaron o qué lograron.

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Los años han sido testigos, y nosotros con ellos, de la lenta agonía de esa jornada de ocho horas por la que murieron los mártires de Chicago. El empleo es hoy un lujo que debe agradecerse aceptando condiciones inhumanas, con puros deberes y obligaciones, sin garantías, sin remuneración justa, sin planes de salud, sin jubilaciones dignas, sin nada más…

Y ahora, como entonces, palabras como estas reciben más silencios que muestras de apoyo. Ahora resulta que desear para los demás lo mismo que para mí es “ideología extraña”. 

Honduras podría hundirse más si no estuviera ya en el fondo. El país más pobre, el más desigual, el de los sueños rotos, el país en que las mayores riquezas naturales van de la mano con las mayores pobrezas humanas.

Poco falta,  para que nos llegue el impuesto a las ideas. Pero pensar y querer una Honduras mejor sigue sin tener precio.

Vivimos en el país del trabajo infinito: ese que busca una sociedad más justa, ese que vive a la espera de un mejor mañana, el país de todos.

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