Resistir sin violencia: ¿Pasividad y resignación?

Por: José Rafael del Cid

​​La violencia es el último recurso de los ineptos (Isaac Asimov).

Libre, el principal partido del Bloque de oposición contra la dictadura se ha declarado en insurrección mediante la no-violencia. La decisión posiblemente implicó polémica, siendo que, dentro como fuera de dicho partido, circulan argumentos a favor de la insurrección armada u otras formas violentas de enfrentar la represión del régimen dictatorial. Estos argumentos se han alimentando de la indignación, la frustración y el dolor ante la violación de la Constitución, el fraude electoral, la imposición de la dictadura y su respuesta represiva. No importa si los “de aquí” (los que cohabitan la burbuja del dictador) nieguen su infamia contra la democracia y cierren sus ojos a la sangre derramada. El hecho es que una cantidad inmensa de ciudadanos (los de la Honduras de “allá”) se sienten agraviados por la injusticia, ese sentimiento peligroso, chispa de todas las insurgencias y revoluciones.

Proclamar la continuidad de la lucha con métodos no-violentos, coloca a la oposición en un sitial de grandeza, porque significa responder a la injusticia y la represión con el buen juicio; y éste no necesita de la violencia, como argumentaba Tolstoi.

Para algunos, los términos insurrección y no-violencia parecerán incompatibles, contradictorios. Ello nace de la confusión entre no-violencia y pasividad. Nadie mejor que Martin Luther King para aclarar el punto. King escribió que la frase “resistencia pacífica o pasiva” da la falsa impresión de ser un método para hacer nada, para aceptar el mal, quieta y pasivamente. Pero nada más lejos de la verdad. Porque mientras el resistente no-violento es pasivo, en el sentido de que no es físicamente agresivo hacia su oponente, su mente y sus emociones están siempre activos, buscando constantemente persuadir al adversario de que está equivocado. La persuasión, en el pensamiento de King y otros partidarios de la no-violencia, va más allá de las palabras, discursos o sermones; ante todo se refiere a hechos, hechos sencillos o hechos grandiosos, heroicos, valientes, cargados del coraje que infunde la superioridad moral de luchar por una causa justa. Por lo mismo, un movimiento de esta naturaleza se inicia venciendo el miedo, que paraliza y produce sumisión.

A la vez que se supera el miedo, se necesita tener claro el propósito. Contra qué se combate, por qué y para qué.

Si bien es cierto que las pintas callejeras, las consignas, los memes, la música creativa y abundante, focalizan el blanco de la lucha en una persona, su partido y su policía militar, al final de cuentas lo que está atrás es un propósito mayor, más noble, más patriótico, más humano. Es la crítica a todo un sistema causante de violencia institucionalizada y directa.

¿Por qué luchamos? En lo inmediato por la inmoralidad que significa la violación de la Constitución y la burla a la voluntad popular expresada en las urnas. Más allá de esto, por el secuestro del Estado de parte de una camarilla política corrupta, que ha llevado hasta la destrucción de la democracia y el debilitamiento extremo de la institucionalidad.  Este hecho impide avanzar contra la violencia institucionalizada proveniente de los elevados niveles de pobreza y desigualdad, del deterioro de los servicios públicos de salud y de educación, del subempleo y desempleo crecientes. La lucha se dirige a terminar con la dictadura y con la corrupción que sustrae recursos necesarios a la creación de empleos y condiciones de vida dignas para los hondureños. 

Los objetivos de la lucha podrían volverse inalcanzables si se acude al uso de medios inadecuados. La violencia tiene costos altísimos, y fácilmente pierde la perspectiva de sus fines. Los medios violentos nos darán una libertad violenta, decía Gandhi. La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve, argumentaba King. La lucha reclama evitar enfrentamientos innecesarios entre hermanos y, en su lugar, apela a que los generadores del conflicto rectifiquen sus despropósitos y revaloren las ventajas de trabajar en democracia por una Honduras sin pobreza y con menos desigualdad y exclusión.

Pese a todas sus imperfecciones nuestra democracia había logrado avances. No es que le faltaran ajustes para responder con más eficacia a circunstancias cambiantes, como la creciente corrupción y la lenta pero mordaz penetración del narco-tráfico, para ser más pro-activa y eficiente en brindar salud, educación, empleo y protección social a la población. Pero tales ajustes pudieron ser acordados en democracia, aunque no sin lucha contra el autoritarismo creciente de ciertos grupos de la sociedad, que se consideran dueños del país. Estas élites de poder han acrecentado su prepotencia, al grado de que ya ni disimulan su desprecio a la voluntad de las mayorías. Es una prepotencia originada en ideas e intereses contradictorios al significado de democracia como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Estas élites se aferran a la idea de un Estado instrumentalizado para su beneficio propio, priorizan el llenado de su copa, de la que solo escapan contadas gotas de bienestar para el resto de la sociedad. Por otra parte, y en, desapego a su predicamento por la libre competencia, sus intereses se nutren de grandes negocios con funcionarios acostumbrados al uso ineficiente y corrupto de los dineros públicos.

¿Cuál es la Honduras a la que finalmente aspiramos? En el mediano plazo apuesto por una Honduras parecida a lo mejor de Costa Rica y Uruguay, y en el largo plazo quisiera verla ubicada en el grupo de Noruega, Islandia, Finlandia o Canadá. Aquí sueño sin pretender desconocer los debates sobre capitalismo, socialismo y otros ismos; pero es que soy de los que contrastan argumentos contra evidencia. ¿En qué lugares del mundo la gente ha alcanzado vidas más dignas? No hablemos tanto de riqueza o consumismo, hablemos de dignidad, de respeto a los derechos de las personas.

¿Y usted que opina? Su sueño es importante porque coincidir en el ideal de la     Honduras a construir, motiva y da sentido a nuestra lucha de restauración democrática. Si coincidimos en objetivos que dignifiquen al pueblo y la nación, no necesitaremos abrigar sentimientos de venganza o de mezquindad del poder por el poder, sino sentimientos de reconciliación en justicia para construir un país mejor.

Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia (H. Hesse). El amor a Honduras y su gente de carne y hueso debía ser el gran propósito que nos una. A quienes nos han desunido demandemos recapacitación y respeto. Quienes somos sus víctimas continuemos luchando para exigir acuerdos que culminen en los propósitos de ganar más y más democracia, y más y más bienestar para todos.

Finalizo con esta hermosa reflexión de Martin Luther King: Los humanos nacimos de la barbarie, cuando matar a los semejantes era una condición normal de la existencia. Pero se nos otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.

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Un comentario sobre “Resistir sin violencia: ¿Pasividad y resignación?

  • el febrero 5, 2018 a las 4:55 pm
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    Como ciudadano, amigo, profesional. creo que la única salida es una insurrección armada (Violenta), no soy de ningún partido, solo un ciudadano que ha leído un poco la historia de los pueblos. Martin Luther king tuvo éxito, porque EEUU ha sido siempre un estado de derecho con poderes públicos separados. Y tuvo apoyo de mas de un sector del gobierno.El no se enfrento a una dictadura sanguinaria y a una oligarquía tan recalcitrante. así que los contextos históricos de estos personajes Mahatma Gandi, Martin L.K. jamas serán los mismos.

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