Honduras, un espejo invisible

Por: Edith Sánchez/La OpiniónDigital

No se sabe qué sorprende más: la escandalosa manera como se gestó y se llevó a cabo un fraude electoral en Honduras, o las reacciones silenciosas o complacientes de otros gobiernos en el continente. Ambos hechos causan sorpresa por su factor común: la desfachatez.

A la distancia, Honduras se ve como un país a la deriva. Alterna la ilegitimidad de sus autoridades, con brotes de protesta política que fácilmente derivan en caos social. Las manifestaciones terminan en saqueos. La contención de las mismas en violaciones a los derechos humanos. Todos parecen buscar un norte que no encuentran.

Se le ve a Juan Orlando Hernández completamente aferrado a su cargo. No hay asomo de decencia en su conducta. Actúa al viejo estilo dictatorial, sin disimulo, ni un ápice de vergüenza. Es un tirano clásico. Basa sus actuaciones en estrategias elementales. Imponer su voluntad, por ilegal que sea, y reprimir severamente cualquier expresión de inconformidad posterior.

Al fin y al cabo sabe que es amigo de los que tienen la sartén y el mango. En su país, Hernández es la cara visible de un andamiaje de siglos. Lo compone una oligarquía rancia e ignorante que aplaude sus acciones. En el plano internacional, el presidente ilegítimo recibe palmaditas hipócritas desde Washington, guiños desde Guatemala y aplausos lambiscones desde Colombia. Qué más puede pedir.

La demanda del pueblo hondureño

El pueblo hondureño ha salido masivamente a las calles en todo el país. Lo que piden no podría ser más simple: que haya un reconteo transparente de los votos. Los mismos que ellos depositaron en las urnas, el pasado 27 de noviembre. En otras palabras, su exigencia básica es que se valide el corazón mismo de la democracia.

Ya van 20 personas muertas en la oleada de protestas. El número de heridos es incontable. Los desmanes de la policía y del ejército son la constante. También ha comenzado a aparecer un grave fenómeno de vandalismo. De hecho, Una turba enceguecida desarmó, desnudó y torturó a un grupo de policías en la localidad de Pimienta, al norte del país.

Los partidarios del derrocado presidente hondureño Manuel Zelaya se reúnen frente a la Casa Presidencial en Tegucigalpa, Honduras, el 29 de junio de 2009. La ciudad parece estar tranquila después de un toque de queda impuesto por la noche por el Presidente interino, Roberto Micheletti. EPA/GUSTAVO AMADOR

La gente está harta. No es la primera vez que reciben una puñalada a la yugular del Estado de Derecho. Su historia está plagada de ejemplos. En los últimos ocho años ya han sido testigos de varios golpes de mano.

En 2009, cuando sacaron del poder a Manuel Zelaya. En 2012, cuando destituyeron ilegalmente a cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional. O en 2015, cuando cambiaron la Constitución solo para permitir que Hernández pudiera mantenerse en el poder. Es también un secreto a voces que Juan Orlando Hernández  llegó por primera vez al poder, debido a un fraude electoral. El de 2017 sería solo una llovizna sobre mojado.

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Extraño país, extraño lugar

Honduras es la prueba viva de que el exceso de medidas autoritarias no es el comienzo del orden, sino del caos. Veamos por qué. Estados Unidos ha sido especialmente generoso en materia de recursos para la seguridad en Honduras. Entre 2005 y 2026 le entregó a ese país algo así como 1 213 millones de dólares.

Al mismo tiempo, el país del norte instaló en Honduras la que es quizás la más grande base militar de Estados Unidos en Centroamérica. Lleva el nombre de “Palmerola”. El gobierno local, por su parte, no ha sido exactamente blando con su gente. Por el contrario, las fuerzas militares y policiales de ese país son muy temidas. Hasta los jueces han confesado sentir miedo cuando se encaran con un uniformado.

Aun así, Honduras tiene una de las tasas de homicidios más elevadas de todo el planeta. Hay alrededor de 88 asesinatos por cada 100 000 habitantes. Así mismo, tiene una severa problemática con las pandillas y el crimen organizado. Pocos países como este concentran tantos grupos de esa índole. Y por si esto fuera poco, también es uno de los rincones favoritos del narcotráfico. Se dice que esta problemática es más aguda allí que en México incluso.

Esa es la gran paradoja de este país: un Estado ultradotado de recursos para la seguridad y una sociedad que ha incubado uno de los lugares más inseguros del mundo. No hace falta ser muy espabilados para suponer que la cuadratura del círculo está la corrupción del poder.

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