Elecciones  y el relato de la imbatibilidad 

Por: Erick Tejada*
En los 80s Honduras sirvió de base  a Estados Unidos con el objetivo de monitorear y ejercer acciones de contrainsurgencia a los movimientos revolucionarios  en El Salvador, Guatemala y la naciente revolución Sandinista en Nicaragua. Mientras en los demás países del istmo se disputaba el poder a bala viva, en Honduras los medios y las élites dominantes fueron hilvanando un relato político cuya esencia estribaba en que había que sentirnos virtuosos por “nuestro carácter democrático”; por nuestra “vocación de paz”-ojo, no hago apología a la guerra simplemente esbozo que la ausencia de conflicto bélico no fue sinónimo de verdadera paz-. Este guion contribuyó a fortalecer al fervor  electorero como eje central de una falsa  democracia y una institucionalidad republicana  terriblemente frágil desde su alumbramiento.
Evidentemente esta cultura del sufragio vacío viene desde mucho tiempo atrás, como tal lo plasma la historiadora Ethel  García Buchard en su investigación “una revisión a las Prácticas electorales y cultura política en Honduras durante el siglo XIX (1812-1894)”. El pactismo, el continuismo, la prensa emparentada incestuosamente  al poder, y la exclusión de las grandes mayorías de las decisiones trascendentes del país ha sido la tónica histórica de una cultura política de exigua participación ciudadana, la cual siempre ha sido maquillada y edulcorada con endebles comicios de dudosa transparencia cada 4 años. El bipartidismo tuvo un peculiar esplendor en las últimas décadas hasta que el golpe de estado reconfiguró todo el tablero político nacional. 
Parece que de generación en generación nos hemos ido forjando bajo el metal hirviendo de esa  narrativa cuya liturgia pregona que elecciones son sinónimo de democracia y qué; sin importar quién y cómo gane un candidato del bipartidismo, lo importante fueron esos 3 meses de vacía, superflua y a veces hasta ridícula campaña electoral. Quizás la única sensación de orden, de certeza, en un país acostumbrado al caos, la improvisación y la marginalidad, sea justamente, las elecciones y todo su apabullante vórtice. Los hondureños y hondureñas nos hemos sentido inmersos en ese espejismo democrático; cuando en verdad,  el casi 70% de población sumergida en la pobreza, no participa, no debate, no es candidata y prácticamente se desentiende de la política una vez la parafernalia sufragista   ha finalizado. La expresión más honesta de esa exclusión ciudadana  es la ya mítica frase “yo si no trabajo no como…”. 
Campañas electorales  que son  incapaces  de alcanzar el tuétano de los problemas de la nación,  incapaces  de generar un debate profundo sobre la realidad del país, colindan más bien con un perpetuo ejercicio mercadológico, que con una sólida  disputa política de ideas y visiones de nación, y, al final, bajo el yugo de la etérea propaganda,  muchos  insulsos candidatos se convierten sin ningún escrúpulo en viles mercancías enlatadas que ofrecen lo mismo, hablan siempre de lo mismo y hacen política al estilo tradicional ,  sin verdaderamente construir un discurso político coherente y con estatura dialéctica. 
Hoy, un debate presidencial con 6 candidatos que no representan a nadie, con un TSE claramente elucubrando un monumental fraude y enteramente al servicio del Partido de gobierno, con un censo electoral de más de 12 años, sin reformas electorales,  con los medios de comunicación queriendo convencernos de ese consenso falso de que el continuismo es irremediable   y con la comunidad internacional y su engranaje supranacional apoyando de manera tácita la reelección; nos enfrentamos a una de las versiones más dantescas de eso que nos ha gustado tanto, que es agitar banderas, hacer sonoras caravanas y gritar a pulmón abierto vivas a nuestro líder de turno. La farsa electorera ha alcanzado el pináculo de la paradoja antidemocrática y amenaza junto a  la tozuda  avaricia de las castas y sus heraldos, con sumergirnos de lleno nuevamente en una crisis política de proporciones imprevisibles. 
Ante una sociedad civil cooptada por los poderes fácticos y una esfera pública abúlica y  prácticamente borrada del mapa político nacional. La mayoría de la sociedad hondureña, a todas luces contraria al proyecto continuista del Orlandismo-aunque insistan en querer colonizar nuestra mente con esa retahíla de encuestas de dudosa procedencia-; se ve frustrada y paralizada ante la imposibilidad de darle un cauce político real e inmediato  a su acumulado repudio a la corrupta administración nacionalista. Se ha ido hilvanando finamente por el cerco mediático el relato de la imbatibilidad del fraude; eso hace, que a un mes de las elecciones el porcentaje de indecisos siga siendo bastante significativo. 
La oposición, no sólo la partidaria, sino también la aglutinada en otros sectores y sus ramificaciones(maestros, asociaciones  populares, indignados, campesinos, estudiantes, organizaciones  indígenas, sindicatos y organizaciones ciudadanas), tienen un gran reto a la vuelta de la esquina: ver,  de qué forma van a encontrar esa argamasa que logre edificar un verdadero movimiento ciudadano y popular a nivel nacional que encuentre alternativas contundentes para contrarrestar la inminente imposición del fraude y la consolidación del régimen autoritario que se perfila como una siniestra y sórdida dictadura. El relato de la imbatibilidad y todos sus agoreros, padecen de una severa y crónica enfermedad, la ausencia de pueblo en sus entrañas, es por eso, que, la salida de JOH y sus secuaces  de casa Presidencial,  pasa más por una articulación ciudadana masiva, que,  por nuestra robusta  veneración y devoción al evangelio electorero.  
Erick Tejada Carbajal
25 de Octubre del 2017
Ciudad de México.
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4 comentarios sobre “Elecciones  y el relato de la imbatibilidad 

  • Daniela Aguirre
    el octubre 26, 2017 a las 7:50 am
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    Deben de darse cuenta que Honduras quiere la democracia, atacandola y sin propuestas no se va a ganar nada, defendamos nuestra democracia y elijamos lo mejor para Honduras.

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    • Lilly R Busch
      el octubre 26, 2017 a las 9:26 am
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      Yo no vivo en Honduras, pero todavia tengo familia alla. Cuando fui a la universidad en un pais europeo, me abri Los ojos por primera vez.
      Yo tambien creia qué Honduras era democratico. La primera vez qué yo dije eso en clase. Mis compañeros se rieron tanto a lo qué dije, qué yo me enoje y no queria regresar a la clase!
      Esa clase de ciencia politica fue lo qué me ayudo a entender, la ignorancia en qué yo creci.
      Pues sabe qué?
      Eso es el mejor lavado del cerebro, qué Los hondureños han sufrido por generaciones.
      Yo no creo qué Honduras quiere la democracia. Pues la mayoria de la gente no sabe, que esa palabra significa.
      La triste realidad es, el gobierno hondureño hace lo qué Los gringos quieren.
      Honduras es como Puerto Rico sin Los beneficios. El pais es una base para ellos, nada mas y nada menos.
      El Partido nacional y las fuerzas armadas, son Los qué llevan hacer las ordenes del Tio Sam!

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    • Alvin Gale
      el octubre 26, 2017 a las 1:38 pm
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      Gracias Lilly R Busch. Me di la tarea de conocer lo que pasa en este país. Instalé programas en mi computadora para poder acceder a paginas de internet que en Honduras parecen estar bloqueadas. Una vez que lees todo lo que afuera dicen de Honduras, la mascara del gobierno desaparece. Claro que Honduras opera el MIMETISMO y de la democracia estamos muy lejos.

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