Las chicas, los logros y la exacta encrucijada de Donald Trump

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Es naturaleza. Aun si unas lo niegan, a las mujeres les gusta que las deseemos, bien sea en forma primaria. Cuando todas las encuestas favorecían todavía a Clinton, horas antes de la elección, mi amiga la artista peligrosa Gay Darlene J. -que también fue su activista y de repente aportó fondos- me vaticinó en Manhattan que Trump triunfaría. Lo atacan por payaso, me dijo, se les olvida que a todo el mundo le gusta un payaso. (Everbody loves a clown). Quizá marcada ya por la historia de S. Berlusconi,  mi colega Rosamaria M. con el aplauso de sus seguidoras, declara antier desde Como, Italia que le encanta Trump y disfruta sus macaneos. No poca cosa, hoy por hoy. Resumo. 

A seis meses de iniciado su gobierno, en el teatro doméstico, D. T. no comienza a resolver ninguno de los problemas  estructurales de los EUA. Ni el del empleo, ni el de la balanza comercial ni el migratorio. No ha podido reformar el régimen fiscal ni derogar el affordable Obamacare, aun si ha hecho lo imposible por doblarle la mano a su Partido, a cuyos disidentes llama traidores, y amaga con sabotear la elección de quien no se le alinea y subordina.  

Hay una tensión análoga dentro de su propia rama de gobierno. Trump no ha nominado siquiera propuestas para unos doscientos puestos federales claves. Pero ha destituido ya a un Director de la FBI que no creía que la lealtad al Presidente estaba por encima de los intereses del país. Repudia al Fiscal General (que el mismo nombró, el primer político importante de su Partido que lo apoyó, cuando nadie creía en él) porque tuvo la decencia de recusarse de las investigaciones sobre colaboración con los rusos en las pasadas elecciones generales. Amaga con despedir al Investigador Especial nombrado en forma bipartita para indagar esas imputaciones. Y sugiere que se va auto indultar con toda  su prole de posibles cargos criminales. Ha tenido hasta tres Jefes de comunicaciones, el último de los cuales solo  fungió diez días y va por su segundo Jefe de Gabinete de La Casa Blanca. Vía Twitter, Trump desestima sin consulta a su digno Secretario de Defensa. El Canciller ha comentado que quiere retirarse tempranamente, molesto por el irrespeto ¿y  porque Kelly y la CIA dictaran las pautas? aunque él es el único con algún residuo de poder en el Departamento, en donde el mayor logro fue cerrar la oficina para investigar crímenes de lesa humanidad de su personal afuera.

El servicio en su gobierno parece cada día más un carrusel. Los caricaturistas dibujan a la Casa Blanca con toldo de circo en vez de techo. Dentro todos son trapecistas. Otro magnate neoyorquino amigo de DT dice en defensa de los cambios que el Presi en todo derecho se empeña en traer adultos a La Casa Blanca. No explica porqué la llenó inicialmente con niños caprichosos y sin entrenar.

Su nuevo gobierno no ha comenzado a construir el muro que México tendrá que pagar (pobre México, desde el primer día), aunque ya consiguió un poco de dinero para eso. Y ha renovado sus amenazas de deportar incluso a los migrantes legales y pacíficos del istmo, por los desmanes de las organizaciones criminales nacidas en sus barrios y de sus taras. Eso ha declarado que hará en el primer día de Kelly en La Casa Blanca.

Parece haber enmendado la plana con China, porque es menos tonto de lo que pensaron sus enemigos. Pero no logra desactivar la tensión con Rusia que lo considera ingrato y non grato. Tiene problemas especiales de proliferación nuclear en Irán y en Corea. Ha escalado la guerra en Siria. Tiene sobre extendidas a sus fuerzas especiales combatiendo el terror en medio Oriente, en donde el resultado neto es la extrema inestabilidad, que algunos dicen que es el punto, el propósito. Amenaza a Qatar (en donde EUA tiene estratégicas bases militares) y a Venezuela adonde quisiera poner alguna base de las que tiene en Colombia, pobre Colombia. Y ha irritado a varios líderes europeos retirándose de tratados mundiales cruciales para la salud del globo, aislándose.

Aquí abundan, pero en EUA, Trump es un presidente especial que se rehúsa a publicar sus declaraciones de impuestos y al que se le tiene que aclarar que no puede hacer negocios desde el poder. ¡No pareciera verosímil tanto macaneo! Ni conducente a reconstruir unos Estados Unidos grandes y fuertes que pudieran servir para estabilizar el complejo escenario en que tiembla la paz mundial.

No es un asunto de ideología o solo de egolatría. Cualquiera que se propone como líder cree poseer cualidades para conducir a los demás. Aun si esta claro que en su caso ese error del ego raya en lo patológico, el de Trump con su gorrita de beisbolero y su acento y dicción de gangster del Bronx es un estilo político. Los estudiaba Weber como formas de liderazgo o autoridad, diferenciando la racional legal y la tradicional de la carismática que suponía más antigua, y que llamamos populista. No solo es antiguo, el populismo es anacrónico y atávico, y camina sin ideología. Lo hay de izquierda y de derecha, y mezcla la que le acomoda.  Se ha dicho en ciertos círculos que, en esta elección pasada en EUA, las propuestas exitosas eran el populismo de Sanders de izquierda y el de derecha de Trump. Es injusta la analogía porque la de Bernie era una idea democrática y sincera.

No deja se tener sentido en una democracia apelar al común denominador, a la sensibilidad  del hombre común. En una crisis eso puede conseguir altos niveles de identificación y de unificación entre seguidores de un líder. Como quedó demostrado en la Europa Nazi de los treintas, y también repetidamente en America Latina hasta hoy. El liderazgo populista puede cohesionar  y sirve para sus propios fines de reproducción aunque no ha probado ser el estilo más eficaz para resolver problemas complejos de nuestro mundo interconectado. Y su eficacia depende totalmente de la popularidad única y cordura del líder.

Sus adversarios internos de Trump han perdido más  apoyo y sus recomendados siguen ganando elecciones intermedias en distritos claves, de modo que no parece estar su oposición en condiciones de enfrentarlo o contrarrestar su poder, todavía. Pero en efecto Trump perdió ya la popularidad con que ganó el colegio electoral, y su aprobación ha bajado al ínfimo 40%, un record bajo. Hoy surge una iniciativa de republicanos conservadores que invoca la defensa del equilibrio entre poderes. Preocupa la deriva. Se han vuelto expertos en golpes finos. Se menciona el juicio político.

El populista supuestamente rechaza el establishment, el orden corriente de cosas sin desplazarlo, sin que luzcan claros los cambios que plantea o los plazos. Es mentiroso, no porque quiera diplomática ocasionalmente glosar una situación comprometedora si no porque su arte distorsiona o falsea los hechos cuando puede y cuando no, los inventa. (Un periódico prestigioso le lleva la cuenta y afirma que D.T. ha mentido o asegurado cosas falsas centenares de veces en estos pocos meses.) Y es que no necesita la verdad, porque no gobierna con razones si no con desplantes, ni para mañana si no para hoy. En vez de argumentar, repite. Supone innecesario demostrar la razón, así que no razona, ni trata de convencer a sus contrarios. Le basta con denigrarlos y fanatizar a su hueste. Busca avasallar a su opositor, a quien desprecia y cree avieso, o sobornarlo. Le da la espalda a la negociación porque prefiere imponer su propia fuerza. Se vuelve más autoritario. Y entonces si torna predecible, totalmente. Enloquece.

Yo ya no me río del macaneo. La inopia del estado más poderoso no es chiste. El populista es el macho dominante de la tribu. Se golpea el pecho con el puño y exige que lo sigamos dócilmente, sin vacilar, aunque sea al botadero y nadie es inmune.

 

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