SOCIEDAD Y VIOLENCIA

Por: Víctor Meza

La repetición macabra de las masacres de jóvenes y familias enteras, así como los crímenes y asesinatos colectivos de que han sido víctimas grupos de niños en distintas zonas del país, han  conmovido a la sociedad entera. Diversas organizaciones sociales, iglesias y grupos ciudadanos han mostrado su indignación y estupor ante tanta barbarie. Pero, aun así, no ha sido suficiente.

La sociedad hondureña está viviendo un preocupante proceso de desintegración ética, de envilecimiento creciente y deformación grotesca ante el lento pero cada vez más evidente curso irremediable hacia la degradación moral y la complicidad delictiva. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos hemos ido acostumbrando a la violencia cotidiana, a convivir con el crimen y la muerte, a resignarnos impotentes ante una criminalidad en ascenso y cada vez más siniestra y macabra. Buscamos excusas, cuando las hay, para justificar nuestra propia impotencia, tal como ha sucedido en otras sociedades, en América del sur por ejemplo, en donde muchas personas preferían mirar hacia otro lado cuando el Estado, en manos militares, secuestraba a los ciudadanos, los hacía desaparecer y asesinaba fríamente. “En algo indebido deben andar”, decían muchos ciudadanos, convencidos de que la “guerra sucia” de entonces se justificaba por la actitud rebelde de los llamados “subversivos”. Algo parecido sucede aquí, aunque las causas de la violencia desatada sean más sociales que políticas.

La sociedad hondureña actual ha estado condicionada, en cierta manera, por una falsa  visión de su propio pasado, tanto el reciente como el más profundo y lejano. La propaganda oficial, desde los tiempos en que definían al país como un “oasis de paz”, en la época de la intensa convulsión política y militar en Centroamérica en la década de los años ochenta, se ha encargado siempre de transmitir, con mayor o menor éxito y perseverancia, la falsa idea de que los hondureños somos algo así como seres especiales, pacíficos y sensatos, tranquilos, amantes de la paz y de la sana convivencia. Eso no es cierto o, por lo menos, no es totalmente cierto.

Si revisamos nuestra historia, con la objetividad y mesura requeridas, podremos comprobar fácilmente la afirmación anterior. De hecho, hemos sido una de las sociedades más violentas de Centroamérica, a tal grado que prolongamos los ciclos de la violencia recurrente hasta bien entrado el siglo veinte, hasta inicios de su tercera década, mientras los demás países vecinos habían logrado salir de esa vorágine desde mediados o finales del siglo XIX. Cuenta el historiador Carlos A. Contreras, en su muy bien documentado libro sobre las elecciones presidenciales de 1932 y el inicio de la dictadura cariísta, cómo, en 1954, la reconocida revista norteamericana Time, en un artículo sobre la violencia en Honduras, aportaba un dato casi escalofriante: 135 “revoluciones” en 133 años de independencia. Lo que los autores llamaban “revoluciones” eran en realidad “revueltas armadas”, como apropiadamente las denominó Fílander Díaz Chávez en su ya casi olvidado ensayo sobre la pereza en Honduras. Esas “revueltas”, forma embrionaria, a veces, de verdaderas guerras civiles, han poblado la historia de nuestro país, marcando surcos de sangre y dolor a lo largo de su tormentosa historia. En el libro mencionado, el ingeniero Díaz Chávez llegó a contar más de doscientas de tales revueltas. Y si alguna duda cabe sobre esta tragedia, basta leer ese desgarrador poema de Juan Ramón Molina, “Adiós a Honduras”, escrito a finales del siglo XIX, en momentos en que el poeta abandonaba, entre atormentado e impotente, el suelo patrio.

Esa es la verdad. Somos hijos de una violencia largamente acumulada, que se ha manifestado por ciclos, a intervalos históricos, pero que siempre ha estado presente, ya sea como pulsación subterránea o como expresión latente y cotidiana. La tristemente famosa “era de la paz” que supuestamente habría inaugurado el dictador Tiburcio Carías, no fue otra cosa más que una falsa tregua histórica en los ciclos siempre constantes de la violencia tradicional.

Pero esto, por supuesto, no es una justificación para disculpar, si es que ello es posible, la avalancha de violencia y crímenes que nos acorrala y angustia en la actualidad. Es apenas un intento de explicación. Y, sobre todo, es un argumento histórico para borrar de una vez por todas esas falsas imágenes de sociedad mojigata y santulona que algunos medios de comunicación y currículos educativos tratan de introducir en nuestras mentes.

La violencia que hoy padecemos, originada en causas perfectamente identificables en el mundo de los hechos sociales, es el reverso de aquella violencia política que sacudió nuestros cimientos y envolvió en sus redes siniestras al país entero en la década de los años ochenta del siglo pasado. Así es como la historia, propensa siempre a la ironía, nos devuelve con creces la otra cara de la violencia que contribuimos a azuzar y alimentar en los países vecinos.

 

 

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