EL NARCOTRÁFICO, ESE CÁNCER…

Por: Víctor Meza

Empieza como un tumor, así es, pero muy pronto, si las condiciones le favorecen, se propaga en una especie de metástasis siniestra, incontrolable, múltiple, abrasadora… Es la forma en que funciona el fenómeno del narcotráfico en países como el nuestro, débiles institucionalmente, frágiles en su cultura política, vulnerables en su estructura legal, penetrados y contaminados por el virus de la corrupción. Son las víctimas propicias, los espacios adecuados para la expansión del cáncer criminal…

Y los actores que, por razones de trabajo o por la simple y venenosa atracción del aroma numismático, entran en contacto con sus redes y entorno, deben hacer esfuerzos especiales y revestirse de una moral a toda prueba, para no caer en sus redes y sucumbir a sus encantos y placeres. No ha de ser fácil, imagino.

Quizás por esa razón, los diseñadores de políticas de seguridad en materia de drogas y tráfico son muy cuidadosos – o deben serlo – al momento de escoger a los operadores de justicia que se van a involucrar en la lucha contra los narcotraficantes. Se les somete – o deberían ser sometidos – a rigurosas pruebas de confianza que van desde las poligráficas y sicotrópicas hasta las mediciones patrimoniales de todo tipo. Su certificación positiva – o el rechazo negativo – es el resultado final de un largo proceso, tan complicado como incómodo. Pero así es y así debe ser.

No se puede ni se debe incorporar a la lucha antidrogas a cualquiera, por el simple hecho de que pertenece a los cuerpos de seguridad del Estado. La selección, rigurosa y difícil como debe ser, tiene que identificar con precisión quirúrgica y mirada de faro a los hombres y mujeres más aptos y menos vulnerables para participar en una campaña tan difícil como fundamental.

Se nos ocurren estas reflexiones en momentos en que la embajada de los Estados Unidos, modificando una larga tradición de prudencia o silencio, ha decidido de pronto emitir comunicados de prensa anunciando el nombre de las personas investigadas por narcotráfico y corrupción, a la vez que ofrece detalles tan inusuales como que ya han celebrado conversaciones y mantienen contactos con algunas de esas personas. Extraño, realmente muy extraño este proceder, sobre todo si proviene de una legación diplomática que, al menos en este tipo de cosas, suele mostrarse tan hermética como cautelosa. El acto tiene un malicioso tufillo a mensaje.

Pero, al margen de las especulaciones en torno a la conducta de los diplomáticos, vale la pena reflexionar sobre el precio que ya están pagando las Fuerzas Armadas por involucrarse de una manera tan directa en la lucha contra el narcotráfico, en particular, y en la custodia del orden público, en general. Cuando a los militares se les asignan tareas policiales y, de paso, se les involucra arbitrariamente en la “guerra contra las drogas” – dos tareas para las cuales no están ni deben estar preparados – , hay que esperar lo inevitable: la contaminación de los uniformados con el virus de la corrupción que genera el crimen organizado. La metástasis del cáncer acaba alcanzando a los actores más vulnerables del laberinto antidrogas. Es algo inevitable.

La experiencia de otros países, algunos muy cercanos y casi vecinos, puede resultar muy aleccionadora al respecto. El involucramiento de los militares en una “guerra contra las drogas” combina dos errores en uno: concebir a la lucha antinarcóticos como una “guerra”, en primer lugar, y, en consecuencia, asumir que esa “guerra” la deben librar, como sucede con toda guerra, los soldados, es decir los militares, en segundo lugar. Dos errores que desembocan en lo inevitable: el fracaso de la “guerra” y la contaminación nefasta de los actores estatales que intervienen en ella.

Aprendamos las lecciones. La corrupción policial no solo es fuente y causa del deterioro y la desintegración ética de la institución. Es también el resultado de una estrategia equivocada en la lucha contra el crimen organizado. Es el producto de un error: la militarización indebida de la fuerza policial. Para que funcione y tenga éxito, la policía debe ser comunitaria, vinculada a la gente, cercana a la población, honesta, respetuosa y diligente.

Mientras sigamos creyendo que los militares son la solución en esta campaña, cada día tendremos más y más soldados vinculados o subordinados al narcotráfico. Ya lo verán…

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