¿Éxito o Fracaso del Congreso Estudiantil del Movimiento Estudiantil Universitario?

Por: Engels López

Recientemente se realizó el Congreso Estudiantil Universitario del Movimiento Estudiantil en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). El congreso se concibió como un espacio académico y político en el cual actores estudiantiles analizan y reflexionan alrededor de la problemática de país y de la universidad, con el objetivo de avanzar en la comprensión del campo universitario y orientar la lucha académica y política del movimiento estudiantil.

La metodología del congreso y sus principales elementos trataban de avanzar en la concepción de los rasgos generales de un nuevo modelo universitario y un plan de acción de lucha estudiantil. Entre líneas se avizoraba una disputa por el poder académico y el poder político en la universidad, pero esta vez seria abanderada por el sector estudiantil y no por el pensamiento oficial. Esa premisa nos introduce en la discusión que trataremos de desarrollar: al hablar de congreso estudiantil es necesario hacer alusión al campo universitario, la autonomía del movimiento estudiantil y los sujetos que impulsan estas iniciativas.

El campo universitario se caracteriza por ser un espacio social estructurado de posiciones con reglas del juego y desafíos específicos. Pero también es cierto que el campo universitario se caracteriza por la distribución desigual de poder, y es en ese momento cuando la lucha de los agentes en el campo universitario se da alrededor de un capital específico: que en el caso de la universidad es la disputa por el poder académico y por el poder político. Ambos poderes son necesarios para legitimar las prácticas y las representaciones de estos agentes que disputan el poder en la universidad.

En los últimos años el movimiento estudiantil ha venido gozando de una cierta autonomía al momento de su accionar, debido a su esquema de organización estudiantil, la toma de decisiones y rasgos de un discurso académico orientado a posicionar temas de país y temas de universidad. Aspectos que aportaron a que las protestas y tomas de la universidad en el 2015 y el 2016, fueran respaldadas por distintos sectores de la comunidad universitaria y de la sociedad.

Esa autonomía del movimiento estudiantil se mantuvo por un tiempo a pesar que la generación estudiantil que sostuvo estos procesos vivió el desarrollo de las “convulsiones sociales liquidas” que se produjeron en el país luego del Golpe de Estado de 2009.  Es necesario puntualizar que la generación que estuvo detrás de esos procesos venía de una tradición de organización política y social, muy particular. Los líderes y lideresas estudiantiles de aquel momento arribaban de sectores populares, de experiencias organizativas en barrios y colonias, movimientos sociales, iglesias, células de espacios políticos progresistas y la mayoría egresados de la escuela pública.

Con las protestas estudiantiles y tomas del 2016, el movimiento estudiantil cierra un clico y abre otro ciclo. Si el ciclo anterior (resistencia) había estado marcado por la organización estudiantil, la oposición a las normas académicas,  la criminalización del estudiante y de la protesta estudiantil; el ciclo que se abre (emancipación), ofrecía el camino para avanzar en la politización estudiantil y construcción de ciudadanía universitaria, crítica al modelo de universidad y a la dinámica de la reforma universitaria, denuncia a la manera en que se ejercer el poder en la universidad y el ensanchamiento de la universidad a las políticas conservadoras del actual Gobierno.

La firma del acuerdo de diálogo en julio de 2017 impacta la manera en que se concibe al movimiento estudiantil y la polarización entre la vieja dirigencia y la nueva dirigencia. El perfil de los líderes que dejo ese proceso se caracteriza por su poca, y   muchas veces inexistente, participación en espacios políticos y sociales, limitado conocimiento de la problemática universitaria y la dinámica del movimiento estudiantil, egresados de la escuela privada y personas que se definen de clase media. Eso ha conllevado, por ejemplo: a expresar que la juventud universitaria es indiferente a la problemática debido a su despolitización; que los métodos de lucha como la protesta social, la toma de calle y edificios no son instrumentos de protesta validos; y que el diálogo permanente con el pensamiento oficial de la universidad es necesario para que el movimiento logre reconocimiento y legitimidad: verdades a medias que ha conllevado a profundizar la fragmentación en el movimiento estudiantil, pero que, por otro lado, irónicamente, ha logrado mantener unido al movimiento. ¿Cuáles han sido los costos políticos de esas posturas? ¿Con los actuales sucesos en la universidad es posible seguir sosteniendo esos principios? ¿O es necesario la renovación de los actuales liderazgos en el movimiento? ¿Hacia dónde debería de apuntar a la renovación de las ideas en el movimiento? Aspectos que dan tinta para nuevos análisis.

La vieja dirigencia rezagada en los movimientos independientes y distintas asociaciones, se caracteriza por no haber fortalecido los espacios de organización estudiantil, politizar al estudiante universitario, renovar sus ideas y posicionamientos, y en la actualidad tiene una posición marginal. La vieja y la nueva dirigencia comparten la característica de no posicionar la crisis de la universidad y avanzar en los procesos de construcción de ciudadanía y comunidad universitaria. Mientras la vieja coquetea a ser antisistema la nueva coquetea con el sistema.

La pregunta de fondo que toca hacernos es: ¿La generación de líderes y lideresas del movimiento estudiantil que surgieron luego de la toma de 2016, en que parte de los dos ciclos se ubican y hacia donde se mueven sus apuestas y sus estratégicas para avanzar en la transformación integral de la universidad? Mi reflexión es la siguiente: luego de la toma del 2016 el  movimiento  es liderado por “la generación desconocida” que opera bajo las sombras de la postura pospolítica conservadora, propias de las izquierdas y  derechas populistas que denuncia Íñigo, Laclau y Mouffe,  de hacer política estudiantil de consenso en un campo universitario que se caracteriza por la distribución desigual de poder y por un grupo dirigente (Julietismo) que ve a la universidad como una plataforma para legitimar sus intereses de bloque hegemónico. Esta actual dirigencia ha postergado el ciclo de lucha estudiantil que se abrió luego de la firma del acuerdo, y su actual posicionamiento ha terminado siendo vanguardista y conservador.

En ese marco la manera de hacer política se desconfigura y el campo universitario termina “legitimado en complicidad” por los distintos agentes que lo componen. Por eso no es extraño que el movimiento estudiantil se den aspectos como: la burocratización del movimiento, en el cual las decisiones la toman “los expertos y los especialistas” muy parecido al funcionamiento de una empresa; un posicionamiento tecnócrata que se ensalza de la lógica institucional y que en momentos se viste de falsos antisistemas; una acción política que desconoce la lógica de los procesos históricos y que altera la responsabilidad de los actores en los  procesos de transformación; un discurso posdemocrático que habla de las bases estudiantiles pero que su dinámica tiene rasgos de girar alrededor de los intereses de la institucionalidad.

A grandes rasgos, a nivel de actores, esa es la dinámica que ha estado detrás del movimiento estudiantil y que en gran parte ha marcado la lógica del congreso. Ahora hagámoslo la pregunta: ¿Éxito o Fracaso del Congreso Estudiantil del Movimiento Estudiantil Universitario?

Continuará….

Engels López

Estudiante de Sociología y Trabajo Social, UNAH

 

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