De alianzas, estrategias y “estrategas”

 

Por: Víctor Meza                                        

La decisión de los dirigentes del partido Liberal de asociarse en una alianza fatal con sus tradicionales adversarios, los nacionalistas, para ejercer un control conservador del Congreso Nacional, sorprendió a muchos y provocó el enojo y la frustración de más de alguno en las filas rojiblancas. No se explicaban – algunos no se lo explican todavía – cómo sus dirigentes podían ser tan torpes y cortos de miras, al privilegiar la alianza coyuntural y menospreciar la gran oportunidad de convertirse en una fuerza clave y decisiva dentro del bloque opositor. La lógica simple apuntaba a la formación de una coalición creativa y novedosa que dejara a los nacionalistas en minoría y les ratificara en la posición un tanto incómoda en que les ubicaron los votantes en las recientes elecciones de noviembre de 2013.

Pero no, los “estrategas” del liberalismo – estrategas de la derrota se les debería llamar – , guiados más por su ambición personal y afanes clientelistas, indujeron al partido a conformar una alianza vergonzosa con el partido gobernante para dejar por fuera a los que consideran sus principales adversarios actuales: los representantes del partido Libertad y Refundación (LIBRE) en la cámara legislativa. Equivocaron al adversario y confundieron al aliado. Se unieron al pasado en lugar de buscar opciones, si ya no en el futuro, que es mucho pedir, al menos en el presente, que está ahí y nadie lo debería ignorar. En pocas palabras, los liberales prefirieron, por obra y gracia de sus supuestos o reales conductores, convertirse en el furgón de cola de los nacionalistas en lugar de ser la locomotora vital de la oposición.

Los “estrategas de la derrota”, invocando falsamente la urgencia de la gobernabilidad (palabra desgastada de tanto uso y abuso verbal), pactaron con los nacionalistas y permitieron que éstos, a pesar de estar atrapados en su propia escasez parlamentaria, se quedaran con el control de la Junta Directiva del Congreso Nacional y pudieran seguir imponiendo su estilo autoritario y conservador en la conducción y manejo de los asuntos legislativos.

Al mismo tiempo, casi sin darse cuenta, los liberales contribuyeron a la instauración y creciente fortalecimiento de un estilo político “bonapartista” que disminuye la influencia del Poder Legislativo en beneficio exclusivo del fortalecimiento personal de la figura presidencial. Ese “nuevo estilo” refleja una innegable vocación concentradora del poder y responde a una tendencia clara hacia el reacomodo y la redistribución de las influencias entre los grupos fácticos, viejos y nuevos, que influyen y condicionan las grandes decisiones de política pública en Honduras.

El gobernante, erigido en figura clave frente a un Poder Legislativo disminuido, tiende a convertirse en el paradigma de la seguridad y la protección de los ciudadanos, desempeñando un creciente rol arbitral que está por encima y, desde ahí, interviene y resuelve las disputas y controversias de los diferentes actores políticos o agentes económicos. Es la versión de un “bonapartismo” tropical y subdesarrollado, salpicado, como es inevitable, de rasgos folclóricos y tristemente patéticos.

Pero los liberales todavía están a tiempo de corregir los errores cometidos. Una equivocación (¿equivocación?) tan grande no puede ni debería ser permanente. Los dirigentes más lúcidos, la generación emergente de líderes, que la hay en el liberalismo como existe en los otros partidos, incluido el Nacional, deben tomar las riendas de su organización y darle el rumbo que la modernización exige y la democratización demanda. Sólo a través de su democracia interna y de su renovación generacional, el liberalismo podrá superar la crisis de representatividad que actualmente le atenaza y agobia. De continuar así, sus fuerzas íntimas se irán agotando lentamente y el partido entero entrará en una fase terminal de inanición e inmovilismo político.

Los más recientes acontecimientos dentro y fuera del Congreso Nacional, como el caso de la disputa por la Alcaldía en el Municipio de San Luis, son una muestra de la intransigencia de los gobernantes, su sectarismo y su particular manera de entender la “gobernabilidad pactada” con los “estrategas de la derrota”. Pero, al mismo tiempo, estos hechos abren la puerta y ofrecen la oportunidad de replantear el tema de la correlación de fuerzas políticas, tanto en el ámbito legislativo como en el escenario nacional en su conjunto. Los liberales tienen, una vez más, la posibilidad de reciclarse como  fuerza política de oposición y rescatar aunque sea un poco del prestigio perdido y de la legitimidad política extraviada.

Las urnas electorales se convirtieron en urnas fúnebres para muchos dirigentes políticos de los partidos tradicionales, grandes y pequeños, en las recientes elecciones del año pasado. No se debe permitir que, por la vía de las “alianzas de conveniencia”, esos cadáveres políticos pretendan recobrar vida, reanimándose, alcanfor y sobornos de por medio, en el ajetreo cotidiano de la política local. Con los cadáveres políticos no hay muchas opciones: o se les entierra o se les embalsama. La pala o el bisturí, por ahora, están en manos de los liberales.

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