Un verdadero liberal jamás será nacionalista

Por: Manuel Sandoval

Hasta las elecciones presidenciales del 2013 había dos certezas en la vida política de Honduras: por un lado, que los golpes de Estado son una manera de hacerse del poder, y por el otro, que vivíamos la llamada “hegemonía del bipartidismo”, conducida por Liberales y Nacionalistas.

Por décadas (hasta el 2009) el Partido Nacional y el Partido Liberal se turnaban los periodos de gobierno en un patrón al que los hondureños nos acostumbramos: dos periodos gobernaban los liberales y un periodo los nacionalistas, con golpes de Estado mutuos. En el fondo sabíamos que los dos partidos nunca habían tenido grandes diferencias ideológicas, si bien los nacionalistas eran un poco más conservadores y proclives al uso de la fuerza, mientras que los liberales se inclinaban por una vena ligeramente más progresista. A pesar de ello, los hondureños, sobre todo los de mayor edad, mantenían una fuerte identificación con uno u otro partido, como si fueran los colores de equipos de fútbol rivales. Y también, como en el fútbol, la pertenencia a uno u otro partido está determinada más por la herencia de familia que por el desempeño del equipo o por alguna afinidad ideológica.

En el contexto de estas fuertes identidades partidistas, en mi país se dice que “un verdadero liberal jamás será nacionalista”, es decir, nunca jugará con el otro bando. Esto sigue siendo cierto para las bases de ese partido, aunque ya no para quienes tomaron las riendas desde 2009 por la fuerza y con las armas. En ese año, Roberto Micheletti, un destacado dirigente liberal y presidente del Congreso, en complicidad con el Partido Nacional, avaló y apoyó el golpe de estado contra su correligionario Manuel Zelaya y asumió de manera ilegítima la presidencia.

Roberto Micheleti, cuando fue juramentado como presidente defacto luego de dar golpe de Estado a su correligionario, Manuel Zelaya Rosales

Posteriormente, un Partido Liberal dividido, debilitado y con el país en vilo por la violencia desatada por el golpe, participó en unas elecciones ilegítimas, reduciendo su existencia a un papel testimonial y entregando la presidencia a Pepe Lobo, candidato del Partido Nacional.

Las elecciones de 2013, las primeras realizadas en relativa normalidad después del golpe, fueron ganadas por Lobo, pero significaron el fin del bipartidismo y una nueva configuración del sistema político: Libre, la nueva oposición, se convirtió en la segunda fuerza política. Se trata de un nuevo partido, fundado por un gran movimiento popular en 2011, compuesto por diversos movimientos sociales y gran parte de las bases y liderazgos del partido Liberal que se opusieron al golpe.

El partido Liberal entonces se vio por primera vez como una fuerza de oposición secundaria. Debía tomar una decisión: formar parte de esa nueva realidad manteniendo sus principios -en un papel más bien secundario- o ser cómplice del régimen y disfrutar de las migajas que les ofrecieran sus históricos enemigos políticos.

Fue entonces que los dos principales partidos surgidos después del Golpe de Estado (Libre y PAC), que por primera vez tenían representación en el Congreso, sostuvieron pláticas con el Partido Liberal y le ofrecieron la presidencia del Congreso Nacional, una oferta inusual en la escena política hondureña, ya que la tradición siempre ha sido que el partido que controla el poder Ejecutivo también controlará el poder Legislativo.

Sin embargo y en un acto que contradice la historia y los principios liberales, optaron por negociar con el Partido Nacional y permitirle presidir el Congreso en el contexto de un pacto al que llamaron “Acuerdo por la Gobernabilidad”. Al final, ese trato sólo sirvió para entregarle el poder absoluto al presidente de la República, Juan Orlando Hernández, y abrirle camino para su reelección.

Estas estrategias no son exclusivas de la política hondureña. El “Pacto por México” sirvió para aprobar un conjunto de reformas estructurales que, considero, tampoco trajeron los beneficios que esperaban los mexicanos, mientras que en España vimos como el PSOE y el PP, dos rivales políticos históricos, se ponían de acuerdo contra Podemos, la fuerza de oposición emergente. En todos esos casos presenciamos cómo los intereses de la gente pasaron a segundo plano porque las prioridades de esas élites no eran otras que la defensa de sus intereses.

Volviendo a Honduras, dentro de ese “pacto por la gobernabilidad” el Partido Nacional ordenó a los diputados liberales apoyar leyes como las siguientes:

-Paquetazo fiscal al inicio del gobierno, con un incremento al IVA de 12 a 15%

-Un impuesto fijo adicional de 0.45 centavos a los combustibles.

-La privatización de la salud: mediante la descentralización de hospitales se permite a ONG’s controlar los nosocomios públicos, en tanto que la compra de medicamentos se traslada a farmacias privadas.

-Votar en contra del juicio político contra un Fiscal Adjunto acusado de recibir sobornos.

-Votar en contra de un juicio político contra el Consejo de la Judicatura, acusado de corrupción y tráfico de influencias.

-Aprobar contratos de peajes ilegales.

-Aprobar contratos millonarios con la concesionaria Palmerola International Airports, además de una exoneración de impuestos por 30 años a esa empresa.

-Más endeudamiento para Honduras.

-Todas las colocaciones de bonos soberanos, que son también endeudamiento con elevadas tasas de interés.

-Aprobar el impuesto del 1.5% para empresas con pérdidas, que no es otra cosa más que un impuesto confiscatorio.

-Postergar el proyecto de ley del Partido Libre que anula el cobro en dólares en Honduras.

-Nombrar anticipadamente al Tribunal Superior de Elecciones que ambos partidos controlan.

-Nombrar ilegalmente al Procurador y Subprocurador, al Fiscal General del Estado e incluso a una nueva Corte Suprema de Justicia que ratificó la reelección.

Esta serie de acciones de los Diputados Liberales han servido para facilitarle el camino al actual presidente y han permitido que éste tenga el control total de las instituciones hondureñas.

Durante tres años los hondureños vimos cómo la rivalidad histórica del “bipartidismo” se ha convertido en un servilismo total de los diputados Liberales a los Nacionalistas, así como de la cúpula liberal con el presidente Juan Orlando. Mientras esto pasa en los pasillos del Congreso y en las reuniones de hombres poderosos, los verdaderos liberales, los de las bases, los de tierra adentro, los que se sienten orgullosos de su partido, están siendo traicionados.

Este año Honduras volverá a elegir presidente. Ahora mismo se está conformando una alianza entre los partidos de oposición para acabar con el autoritarismo y la corrupción de Juan Orlando y el Partido Nacional. Se trata quizá de la última oportunidad que el Partido Liberal pueda recupera su papel de oposición. ¿Qué van a decidir las cúpulas? ¿Qué van a decir al respecto, por su parte, las bases, los verdaderos liberales?

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