Estados Unidos, ante las puertas del caos

Por PAUL KRUGMAN

Hubo una época en la que la muerte de un magistrado de la Corte Suprema no habría llevado a Estados Unidos al borde de una crisis constitucional. Pero ese era un país diferente, con un Partido Republicano muy distinto. En el Estados Unidos de hoy, con el Partido Republicano actual, el fallecimiento de Antonin Scalia ha abierto las puertas del caos.

La pérdida de un magistrado debería causar, cuando mucho, una perturbación ligera en la escena nacional. Después de todo, se supone que la Corte debe estar por encima de la política. Así es que cuando se presenta una vacante, el presidente simplemente debería nominar, y el Senado aprobar a alguien calificado y respetado.

En realidad, claro, las cosas nunca fueron así de simples. Los magistrados siempre han tenido inclinaciones políticas y el proceso de nominación y aprobación ha sido, a menudo, polémico. No obstante, nunca había ocurrido una situación como la actual, en la que los republicanos han declarado en forma más o menos unánime que el Presidente Obama no tiene ningún derecho a nominar al remplazo de Scalia —y no, el hecho de que Obama se vaya pronto no les da la razón—. El magistrado Anthony Kennedy, por ejemplo, fue nombrado en el último año de la administración de Ronald Reagan.

Tampoco las consecuencias de una vacante en la Corte habían sido tan alarmantes como lo son ahora. Como todos señalan, sin Scalia, los magistrados están divididos por igual entre los nombrados por republicanos y los elegidos por demócratas, lo cual es probable que signifique que la Corte no logre una mayoría en muchos temas.

Y no hay forma de saber cuánto durará esta situación. Si un demócrata gana la Casa Blanca, pero el Partido Republicano conserva el Senado, ¿cuándo se pondrían de acuerdo para lograr un nombramiento? ¿Es posible que los republicanos confirmen al nominado por el próximo presidente?

¿Cómo nos metimos en este enredo?

La polarización política se ha incrementado en todos los aspectos de la política estadounidense, desde las votaciones en el Congreso hasta la opinión pública, con un “partidismo negativo” cada vez más dramático y en aumento, y la desconfianza y el desdén por el otro lado. Y la Corte Suprema no se salva. Hasta hace unos pocos años, en los setenta, la Corte tenía varios magistrados moderados cuyos votos no siempre eran predecibles desde posturas partidistas, pero ese centro se ha reducido notablemente.

Sin embargo, señalar el aumento en el partidismo como la fuente de nuestra crisis, aunque no está exactamente equivocado, puede ser engañoso. Primero, censurar al partidismo puede interpretarse como si solo habláramos de la apariencia, cuando, en realidad, estamos viendo diferencias enormes en la sustancia. Segundo, es realmente importante no comprometerse con una falsa simetría: solo uno de nuestros partidos políticos importantes se ha ido al extremo.

En cuanto a la división sustantiva entre los partidos: todavía encuentro a personas en la izquierda (aunque nunca en la derecha) que dicen que no existe gran diferencia entre los republicanos y los demócratas, o, en todo caso, los demócratas de la “élite”. No obstante, son tonterías. Aun si existe decepción por los logros de Obama, sí aumentó sustancialmente los impuestos a los ricos y expandió drásticamente la red de seguridad social; endureció las reglas financieras; estimuló y supervisó un aumento en la energía renovable, y avanzó en la diplomacia con Irán.

Cualquier republicano anularía todo eso y se movería en la dirección contraria. El consenso entre los precandidatos presidenciales parece ser que George W. Bush no redujo lo suficiente los impuestos a los ricos y debió haber utilizado más la tortura.

Cuando hablamos de partidismo, entonces, no estamos hablando de equipos arbitrarios, sino de una profunda división en los valores y principios. ¿Cómo puede alguien no ser “partidista” en el sentido de preferir una de estas visiones?

Lo cierto es que existen diferencias enormes en las tácticas y actitudes. Los demócratas nunca trataron de sacar concesiones con la amenaza de cortar el endeudamiento de Estados Unidos y crear una crisis financiera; los republicanos lo hicieron. Los demócratas no niegan la legitimidad de los presidentes del otro partido; los republicanos lo hicieron tanto con Bill Clinton como con Obama.

Entonces ¿cómo se resuelve esto? Una respuesta podría ser una búsqueda republicana, aunque habría que preguntarse: ¿acaso en el último debate republicano algún candidato dio la impresión de pertenecer a un partido que está preparado para gobernar? O, quizá, ustedes creen —con base en alguna evidencia que yo desconozca— que en cualquier momento puede aparecer un populista de izquierda. Sin embargo, si persiste la división en las instituciones que nos gobiernan, es realmente difícil ver cómo podemos evitar este creciente caos.

Quizá todos deberíamos empezar a usar gorras de béisbol, al estilo Trump, que digan: “Hagan que Estados Unidos vuelva a ser gobernable”.

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