A los y las que aman elegir defender derechos humanos

Gustavo Zelaya Herrera

Por: Gustavo Zelaya Herrera.

Parece que a nuestro país no lo pudimos elegir, simplemente nos tocó nacer aquí y cargamos su historia tal y como ha sido. Pero hay situaciones, actividades, decisiones, compromisos que sí decidimos qué hacer; rodeados de incertidumbres y convicciones para no dañar tanto a personas ni a la naturaleza participamos con  imperceptibles pasos que puedan llevarnos a edificar  momentos de equidad y justicia. 

Muchos eligen ser corruptos y sin importar el daño provocado envuelven en su acción a familiares y amistades; algunos hombres y mujeres elegimos caminos accidentados, riesgosos, pero con integridad y entrega a grupos menos favorecidos; otros se asocian por ignorancia o por convicción al poder que siempre ha mantenido al país en condiciones de incultura y atraso material. Mientras otras personas intentan sobrevivir y van tomando migajas, “bolsas solidarias”, “bonos tecnológicos” y lo que se pueda. Para ir pasando los días mantienen en secreto su orgullo y la decencia apenas asoma por miedo a tratos más brutales. Pero existen. Son personas muy dignas en situaciones de miseria.

 
En diciembre de 2015 hay sensaciones de todo tipo, muy humanas. Experiencias que marcan la vida entera. Extrañas mezclas  de lo áspero con lo terso, sal y azúcar, miel con hiel, dudas y certezas, afectos y rechazos propios de nuestra compleja realidad. Apuros espirituales y materiales a granel, fuertes punzadas que hacen sangrar y cruzan familias enteras víctimas de la demencial violencia. Masacres que enlutan a cientos de personas retratan fielmente la ineficacia del sistema de seguridad y justicia, en todo brota la perversa incapacidad de los que gobiernan el país.

Ciudadanos de la clase política más rancia,  corrupta,  pistolera, mancha brava, son requeridos por la justicia norteamericana ya que la hondureña es incompetente para juzgarlos,  no por ignorancia jurídica sino por estar al servicio del poder. Esos personajes han sido promocionados como modelos éticos, dignos de imitar y eso han sido dentro del corrupto grupo gobernante, ahora están expuestos a la justicia de otros países y su arrogancia no cede terreno.

 Los meses finales se muestran plenos de estadísticas y datos graves, ofensivos, obscenos pero surgen chispazos luminosos entre tanto crimen y esta dura realidad que dice que la violencia extrema golpea a las mujeres; que contra ellas se levanta brutalmente la violencia fomentada y aceptada por un sistema social basado en las relaciones patriarcales generadora de impunidad. Esos son sus contenidos fundamentales. Lo que medio ilumina la caverna viene del departamento de justicia norteamericano pero también tiene raíces locales, son fuertes, profundas, muy dignas, valientes y se muestran en las caras de las mujeres ligadas a los movimientos feministas y en otras personas organizadas en asociaciones defensoras de los derechos humanos.

Parece que en el país todo es brutal, espantoso. Y ello no provoca conmoción en los poderes públicos. Más bien se multiplica desde ese poder. La violencia patriarcal no es exclusiva de un sistema económico, no sólo es un derivado del capitalismo pero se agudiza con las políticas de ajuste fiscal y lo que implica el llamado neoliberalismo. Aunque existan estructuras económicas diferentes, otras relaciones sociales, las condiciones de subordinación y opresión de las mujeres se mantienen con pocas alteraciones, tanto en los llamados sistemas democráticos o en los denominados socialistas. Por eso es importante el esfuerzo por edificar nuevas relaciones sociales en donde se generen formas culturales más humanas que superen los fundamentos machistas, patriarcales y caudillistas de la sociedad.

La brutalidad tiene múltiples facetas pero su expresión esencial se manifiesta contra la población joven, en especial, contra las mujeres. Según el Observatorio de la Violencia de la Unah  “La violencia contra las mujeres y su raíz, la discriminación, es un problema grave de derechos humanos con repercusiones negativas para las mujeres y la comunidad que las rodea, y constituye un impedimento al reconocimiento y goce de todos sus derechos humanos, incluyendo el que se le respete su vida y su integridad física, psíquica y moral”. 

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos sostiene que “Desde el año 2005 hasta el 2014 en Honduras 41,195 víctimas han perdido la vida mediante el uso de armas de fuego ”. Para el Centro de Derechos de las Mujeres “El contexto nacional está marcado por la generalización de la violencia como mecanismo de control” en donde el Estado se desinteresa de sus responsabilidades y el recurso a mano es la militarización de la sociedad, la agresión a las comunidades, el saqueo y  privatización  de los servicios de salud y educación y mayor agudización de las desigualdades.

Entre 2011 y 2104   más de 15 mil mujeres han denunciado algún tipo de violencia sexual, esto implica que en Honduras se interpone una denuncia por estos delitos cada 3 horas. Del total de denuncias, solamente existen 888 resoluciones condenatorias, dejando en la impunidad el restante 94% de las sobrevivientes. Ese apunte estadístico es la tendencia que cruza todo el sistema judicial y está en los genes de la política tradicional. Es el macabro dato que  deja en la impunidad la casi totalidad de los Femicidios.

Considerando que las cifras reales superan la estadística oficial  y que aumentan las desapariciones de mujeres y la trata de personas, igual se multiplican los cuerpos de seguridad sin que exista un correlato en el respeto y la seguridad de las personas; todo ello sería suficiente para que la totalidad de los operadores de justicia estatal renunciaran a sus cargos, incluyendo al ejecutivo porque no son capaces de garantizar los derechos de todos a vivir libre y en pleno goce de sus derechos, tampoco han sido capaces de poner en práctica las recomendaciones y las ilusiones que  afloran en el Examen Periódico Universal.

Muy poco se puede esperar si en la misma  estructura judicial-policial-legislativa, en todo el poder político,  existen individuos que niegan esa forma extrema de violencia contra las mujeres diciendo que mueren más hombres que mujeres. Por supuesto que así es. Pero dejan la historia a medio camino y no reconocen que los asesinatos, violaciones, incestos, secuestros, desapariciones, golpizas, hostigamientos y demás delitos contra ellas son cometidos por hombres marcados por el machismo y el patriarcalismo.  La gran mayoría de esos delitos ocurren por el hecho de ser mujeres, niñas, niños, gay, por creer que son inferiores, intercambiables y algo peor, cuando se atreven a exigir sus derechos. En esas mentalidades eso es imperdonable: reclamar, denunciar, exigir. La victima sólo debe aceptar y hacer silencio. Sobre todo si el victimario es del entorno familiar, laboral o de supuestos amigos y otros que habitan espacios seguros como el trabajo, el aula, el hogar, la iglesia, la fiesta y la calle del vecindario.

Si acaso alguien lee lo que escribo y no tiene tiempo para hacerlo en unos minutos bien sabrá que casi es 10 de diciembre, día de los derechos humanos. En los tiempos cuando más se ha profundizado la criminalidad, la corrupción, la narcoactividad, la violencia contra las mujeres y la impunidad como norma de vida de los poderosos de la política, de la empresa privada y de los que ejercen desde los  micropoderes.

Es el momento en donde se recrudece la persecución contra los y las defensoras de los derechos humanos; es cuando esa estructura cultural, política, social, presente en muchos sistemas económicos y que llamamos patriarcado sigue vigente, fuerte, fomentando más violencia, haciendo creer que el poder se ejerce con la fuerza concentrada en hombres que hacen de todo lo existente un objeto de dominio, una propiedad que puede ser manipulada, abusada e intercambiada por otro objeto. 

Pero desde muchos sectores de la sociedad hondureña asoma con paciencia y alegría la respuesta popular, tal vez tímida, con poca organización, soportando dentro de sí misma formas tradicionales de hacer política, conviviendo con propuestas novedosas originadas en las distintas formas del feminismo. Tal vez sea la nueva composición ciudadana nutrida de diferencias, de hombres y mujeres que quieren enfrentar el patriarcado luchando por sus derechos y por mayores grados de equidad y justicia en donde se pueda elegir libremente sin la influencia de las iglesias y otros poderes  y optar por construir relaciones sociales dignas que tengan por núcleo el respeto a la persona humana y a la naturaleza.

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