LAS ENTRAÑAS DEL ODIO

Por: Julio Raudales

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JULIO RAUDALES

Los sucesos violentos acaecidos en los últimos días han causado el estupor general en la opinión pública,  con lo cual se profundiza la preocupación que anida más específicamente entre quienes intentamos desde nuestros trabajos, contribuir con la mejora en las condiciones de vida del colectivo nacional.

Creo que ha llegado el momento de que todos, especialmente quienes decimos amar este país, hagamos un alto y nos cuestionemos con honestidad si nuestras actitudes y hechos contribuyen a lograr nuestras aspiraciones. Y después de la reflexión, se hace indispensable cambiar nuestras acciones para bien.

Despójese usted por un momento de sus atavismos, póngase en los zapatos de aquellas personas a quienes adversa ideológicamente, por motivos de religión o incluso de equipo de futbol y plantéese un examen riguroso sobre su conducta. Si lo hace de forma honesta, verá que posiblemente ha transitado por caminos poco aconsejables si lo que desea es contribuir a mejorar nuestra sociedad.

Revise su facebook, twitter, periódico, revista, programa de televisión y haga el análisis. Verá como se entera de que las cosas podrían ser distintas si nos decidiéramos a cambiar.   

Hace poco recibí la llamada de un querido amigo, quien con suma aflicción me abordó para prevenirme sobre mi columna semanal: “¿Leíste las cosas que se escriben sobre vos en los comentarios abajo de tu columna en el periódico digital?” Fue entonces cuando dediqué una breve lectura a las cosas que ocultos “comentaristas” escriben debajo de las columnas del periódico: Hay de todo, desde algunas opiniones disimiles aunque bien fundamentadas, hasta hirientes frases cargadas de odio, en las que se me acusa desde no haber hecho bien mi trabajo en la administración pública, hasta de hipócrita y banal.

De lado y lado, sin piedad ni tregua, me dije con cierta amargura, la que por suerte despareció muy pronto.

Cuando revisé los comentarios que esos lectores clandestinos escriben sobre otros articulistas, concluí en que, después de todo, no me había ido tan mal. Y cuando leí los dedicados a un antiguo columnista de mucho renombre, sentí que ese lenguaje de cantinero que aprendí a dominar muy temprano (alguien cuenta que la primera palabra que pronuncié en mi vida fue una palabrota) había sido con creces superado por esos impenitentes lectores. Entonces comencé a pensar en ellos, los injuriosos, casi todos anónimos.

¿Qué hacía esa gente antes de que apareciera el internet? Seguramente le pegaban una patada al perro o lanzaban una piedra a la ventana del vecino o le daban una paliza al hijo. Mucho odio, demasiado. ¿De dónde viene?

Gracias a las lecciones del psicoanálisis, sabemos que el odio es el hermano menor del miedo pues el miedo precede al odio. Detrás de cada odio hay, inevitablemente, un miedo. Así nos explicamos que cuando la mayoría de los habitantes de una nación, incluyendo a sus gobernantes, han sido dominados por el miedo, pueden cometer las más increíbles atrocidades. La historia está llena de ejemplos. Algunos demasiado cercanos, demasiado recientes.

Según Freud (“Las pulsiones y sus destinos”) el odio precede al amor, aunque el miedo precede a ambos Pero mientras el amor es la superación del miedo, el odio es su continuación bajo otras formas.

A través del odio intentamos destruir “al otro” o “a lo otro”, es decir, a eso que supuestamente no nos deja ser lo que deseamos ser. En ese sentido tanto el miedo como el odio serían reacciones naturales frente a peligros externos o imaginarios. Está de más decir que el espacio de la política es muy apto para servir de campo de proyección a los deseos de odio y amor que anidan “en el fondo” de cada ser.

A los lectores insultantes los puedo imaginar unas veces amargados, solitarios, asidos desesperadamente al cuello de una botella, disparando insultos por internet. Otras veces los imagino bien vestidos, regresando de la oficina, saludando a sus vecinos, dando cariñosos besos a su mujer e hijos, pero esperando el momento de abrir el programador y descargar ese odio que los consume, ese odio que no es más que su propio miedo de no ser.

Milan Kundera, quien suele ser tan buen filósofo como novelista, afirma en una de sus inolvidables novelas (“La Inmortalidad”) que el miedo de no ser no es un miedo de no ser, sino “un miedo de no ser yo”. Algo que se entiende mejor si pensamos en que el “yo” no es un órgano ni un aparato: es un vacío (J. Lacan, El Estadio del espejo). Si ese vacío no es llenado con un objeto -de amor u odio, para el caso da lo mismo- el vacío se mantiene como tal.

Así, el lector injurioso llena el vacío de su propio yo a través del insulto. Si él –por ejemplo- cree “ser” antiimperialista, se sentirá orgulloso al destruir con sus palabras a quien él imagina es un agente del imperio. Después de todo no importa lo que uno sea. Lo importante es descargar el odio sobre un objeto que llene, aunque sea por unos minutos, el “vacío de yo”. Ese, decía Lacan (La agresividad en el Psicoanálisis) es el principio narcisista de todo odio (Yo odio, luego soy)

Después de todo, quienes escribimos opiniones nos ofrecemos como objetos sustitutivos (imaginarios y simbólicos) para el odio del sujeto odiante, pues este solo es sujeto en la medida en que odia. En cierto modo cumplimos a través de internet una función terapéutica. Si no fuera por uno, esa pobre gente que nos insulta no sabría qué hacer con su miedo-odio. Pues, después de haber “escupido su odio”, el odiante puede permanecer tranquilo, libre, satisfecho. E incluso orgulloso de su pobre y débil yo.

Sin embargo, no solo son lectores quienes insultan. Hay, además, columnistas que utilizan el espacio que les conceden los medios para dedicar toda su gramática a difamar a quienes no piensan como ellos. Jamás polemizan y a las ideas no contraponen ideas sino agravios. Han equivocado el lugar. Pues si la política puede cumplir una función terapéutica, los políticos y quienes escribimos sobre política no somos terapeutas. A esos columnistas, en aras de la libertad de prensa, no los podemos sacar del tráfico. Basta entonces con ignorarlos. O con no leerlos.

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