El culto a la personalidad

Por: Víctor Meza

Es una aberración que se repite con demasiada frecuencia. A lo largo de la historia ha habido muchos casos de veneración indebida y exagerada de distintos personajes, casi todos ellos autoritarios y despóticos. A lo mejor por eso el culto a la personalidad casi siempre está asociado con el autoritarismo como estilo o el totalitarismo como sistema político.

Me ha tocado vivir personalmente diversas experiencias en regímenes en los que el culto a la personalidad era algo así como una religión estatal. Conocí en sus entrañas la China de Mao Tse Tung y pude comprobar hasta en sus extremos más inverosímiles los alcances desmesurados de un culto a su personalidad, rayano casi con el absurdo. Todavía conservo en mi biblioteca algunas pruebas bibliográficas, el Libro Rojo por ejemplo, de aquella época fabulosa y demencial. Viví el periodo inicial de la desestalinización en la antigua Unión Soviética, cuando Nikita Jrushov intentó dejar atrás buena parte del pasado menos glorioso y recuperar la legalidad socialista tantas veces ignorada o pisoteada por Stalin y sus gendarmes. Pero, al querer superar el estalinismo con métodos estalinistas, Nikita fracasó y su proyecto liberador se terminó. Así concluyó aquella fase, más que un periodo, de lo que el gran escritor Ilia Erenhburg, entusiasmado en demasía con la iniciativa jrushoviana, había bautizado con el sugerente título de “el deshielo”. Más tarde pude ver, en la inmensidad del desierto, el cortejo faraónico en honor al coronel Kadhafi, en lo que entonces era Libia, reconvertida en República popular. Delirios del poder y el poder del delirio.

Aunque las comparaciones suelen ser injustas, más que odiosas, no puedo menos que sucumbir a la tentación de entrar en su terreno, tan movedizo como arriesgado. Me incomoda, aunque a veces me divierte, escuchar a los funcionarios del gobierno iniciar sus declaraciones públicas citando siempre, con lógica o sin ella, palabras reales o supuestas del Presidente de la República, a quien atribuyen todas las iniciativas y bondades, ciertas o falsas, que el régimen emprende: “como dice el señor Presidente…”, “atendiendo instrucciones de nuestro Presidente…” “en atención a las directrices ordenadas por el Presidente…” y así sucesivamente. Siempre aparece la cita obligada, la mención infaltable, el nombre mágico que todo lo alumbra y a todo concede esplendor y veracidad. Es la fórmula lingüística inevitable, la muletilla salvadora, el halago que endulza el paladar presidencial y, de paso, pone en evidencia protectora la lealtad de quien la pronuncia.

Entre más autoritario es un sistema, mayor es la tentación que le lleva a  desembocar en el culto a la personalidad. Entre más intensa es la concentración del poder en manos de una sola persona, más grande es la alabanza de sus seguidores y cómplices. El elogio desmesurado, la atribución alocada de virtudes y méritos se vuelven casi un  arte, el arte de la lambisconería mezclada con el cálculo oportunista y despreciable. El círculo áulico, el clan de cortesanos, todos ellos de columna elástica y sonrisa fingida, siempre dispuestos a la apología y al embaucamiento, al engaño y el fingimiento, listos todos los días para su labor distorsionadora y las loas que suenan como música celestial al oído siempre atento y dispuesto del feliz gobernante.

Así se alimenta el estilo autoritario y se institucionaliza el culto a la personalidad. El afortunado mandamás, en el clímax de lo grotesco, acaba creyendo lo que le dicen y empieza a sentirse iluminado, dueño de la suprema sabiduría, poseedor del don divino de la omnisapiencia y la luminosa ubicuidad que se refleja en sus innumerables fotografías reproducidas por doquier. No uno sino varios han sido los presidentes de estas honduras que se han visto contaminados por el contagioso virus del culto a la personalidad. Cuentan de algunos que sufrían ataques de furia cuando no veían sus fotografías en los anuncios institucionales de las diferentes dependencias del Estado. Otros que se enojaban cuando sus nombres no eran mencionados en los discursos oficiales. Y más de alguno que exigía revisar hasta el último párrafo de los comunicados de prensa, cual si fuera un experto erudito en los laberintos de la gramática española. Debilidades de la condición humana, peligrosamente estimuladas y manipuladas por los oficiantes del culto a la personalidad.

La veneración indecente del gobernante, unida a la vocación fundamentalista por el poder en sí mismo, son una combinación peligrosa. Atentan contra la sana convivencia social y entorpecen el proceso de construcción democrática. Apuntan hacia la conformación de regímenes autocráticos y confesionales, cargados de peligrosa iluminación casi religiosa, saturados de certidumbres excluyentes e intolerancia degradante. El culto a la personalidad es un culto al ego, a la vanidad y al endiosamiento del que lo recibe y disfruta. Pero, al mismo tiempo, es una amenaza para la sociedad, un peligroso ingrediente de la dictadura y el despotismo. Es hora de salirle al paso y devolver el orden de las cosas, escapando a tiempo de este laberinto demencial en el que reinan, impunes y altaneros, los consejeros áulicos, tan oportunistas como lambiscones.

4 comentarios sobre “El culto a la personalidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *