A tomar la Bastilla, parábola

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                                                                             A Mel y a Marat

A algunos les desagrada. Quizás porque tengo una ascendencia afín, a mí me complace que nuestro himno nacional evoque a la Revolución Francesa. En cambio no deja de ser absurdo aun, el prospecto de las elecciones inminentes. Tenemos nominas inscritas, cierta logística. UNETV.  Radio. Red de comunicación. Incluso alguna disciplina y mucho, muchísimo entusiasmo. Me caen muy bien mis compañeros, alegres y creativos. Tenemos el arte y todas las canciones.  Con excepciones, somos más valientes ingeniosos y más claros. Mientras sus huestes son sucias y torpes y no tienen nada seguro, pero el tirano tiene el poder. No lo va a entregar en la bandeja de plata de una elección limpia y libre, es mentira. Por definición, el déspota no renuncia a la arbitrariedad, no se va a someter a la humillación de ser echado. Para nada le falta el instinto, tiene el poder de fuego, el tío y el padrino.

Midamos el tamaño del reto. En Noviembre debe haber elecciones. Faltan solamente cuatro meses y medio. Pero ninguna corte nos ampara y el dialogo está roto.

El fraude no es una falla del sistema electoral, es la forma en que opera. Los partidos aliados en oposición han experimentado, incluso en las últimas semanas, por no decir desde su primera participación en 2013, las diversas formas con que el fraude frustra sus aspiraciones y las del elector, la manera en que se manipula a sus organizaciones y a la gente, se adulteran los resultados en las mesas receptoras (controlando los materiales) así como en la recopilación electrónica y la sistematización de las informaciones que publican las autoridades que dominan el arte o la ciencia de convertir la basura electoral en triunfos espurios.  

Sus organizaciones y auditorias han corroborado el manoseo del censo y la mala fe de del Tribunal, que viene de quitarle el PAC a sus genuinos fundadores y que quiso estorbar la inscripción. La Alianza hace un esfuerzo, un valioso operativo anti fraude informativo y de concienciación, para conseguir que se depure el censo. Aunque está claro que la inflación es deliberada y está protegida. De nuevo no es una falla si no producto e instrumento.

 Y aun hoy a estas alturas ni LIBRE ni nadie en la Alianza Opositora goza de representante en la institución que prepara los materiales electorales, organiza el evento, lo supervisa y monitorea, y recopila y certifica los resultados. Por lo tanto, los opositores en las mesas y sus observadores no tendrán acceso al Tribunal y ningún opositor estará ahí para recibir, registrar y autenticar las informaciones y conseguir la enmienda oportuna.

Hay algunos sectores en donde nuestra gente es tan fuerte que será capaz de prevalecer sobre el fraude. En algunas áreas indígenas, barrios urbanos aguerridos y bien organizados, en algunos centros de votación y mesas electorales particulares, LIBRE impedirá que voten los muertos, los emigrados y los viajeros en el exterior, estorbará que voten más que una vez los bravos activistas entrenados. Pero si hay suficientes fantasmas alineados, el fraude no necesita prevalecer en cada esquina. Es sencillo. Para detener el fraude hay que hacer lo que tengamos que hacer, hasta conseguir una representación minima y garantía.

Hay que organizar la manifestación que lo consiga o en su defecto la insurrección. Un primer obstáculo es la cobardía. Sin duda el problema más grave es el de las expectativas parciales de quienes creen en milagros o creen que van a poder consumar su propio fraude ¿ya ensayado? O aunque se equivoquen, creen que pueden prevalecer sobre el fraude azul al menos para sus fines personales. Sin que les importe el proyecto, el poder aliado, el rescate de las instituciones menos de la soberanía. Están contentos con seguir siendo líderes supuestos, eternos regidores y segundones. Han invertido recurso, tiempo y capital emocional en sus campañas particulares y no quieren, renunciar al prospecto de quizás salir electos para una curul o un puesto municipal y recuperar.

Pero este es un momento para ser o no ser. Venimos de celebrar el 4, y el 6. Vamos hacia el 14 de Julio, otra efeméride de la historia de la democracia que exigió, hace dos siglos allá, un alzamiento popular novel, cuando la autocracia no quiso reconocer la representación del pueblo. (No olvidemos jamás que luchamos contra el déspota, que déspotas hay dentro y fuera, de uno, del Partido, de izquierda y derecha.) ¿Cuántas más elecciones de burla aguantará la gente? Nadie sabe cómo comienzan esas cosas. Un día alguien grita, vamos a la Cancha, a la calle. La rebelión atrae descontentos, lo unifica. ¿Peligra la paz pública frente a su intransigencia cínica? La tropa se divide.  Cae el fuerte

 Es posible que no haya nada que hacer. Quizás no haya voluntad. Ni quien esté dispuesto a luchar. Tal vez no tenemos atrás a un pueblo. ¿Solo lo imaginamos? Es posible –no lo sé– que los opositores aliados carezcan simplemente de la capacidad para movilizar a la gente para conseguir esa garantía posible. Y en ese caso habría que desistir y esperar. Que madure la organización, y la situación. Abstenernos de legitimar el trauma de otro fraude, previamente consumado, que sería inevitable y que afectaría el proyecto mismo a largo plazo. Su esencia. Sería duro, igual. Doloroso. También traumatizante.  Pero ¿miedo de la verdad? ¿Miedo de gritarla fuerte y clara si hace falta? ¿Y entonces? ¿Para que nace un hombre libre, o una mujer? ¿Miedo de construir una barricada frente a la Casa de la Cultura? Ahí le va.

 Si fuéramos un partido de ciudadanos y no grupo de activistas, si somos a un movimiento de la sociedad y no solamente un club de candidatos, si existimos como una organización de la masa de la población, o aunque solo fuéramos ciudadanos fieles al interés general, lo único que podemos legítimamente hacer es irnos a la calle, la cancha. Declararnos, como pueblo, dueño que retoma su soberanía. Y cuando haya voluntad, tomarnos la Bastilla infame del déspota. Hasta que garantizado el voto contra las trampas, podamos asistir a las urnas para convenir una Constituyente que devuelva a la ciudadanía la institucionalidad y el patrimonio público, única forma de eliminar la corrupción y de revertir la desigualdad que nos disocia. Para alcanzar la igualdad, la fraternidad y la libertad por las que ya se luchaba en Junio de 1789. Después, todo es posible. Incluso el sueño de los derechos de todos y el nuevo sueño, de todos los derechos. Antes del alzamiento, todo es ficción. Después, puede haber historia.

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