Elogio de Pepe Mujica, O los únicos perdedores son los que dejan de pelear

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Curioso que todavía lo quieran matar cuando ya esta panzón y retirado. No sabría cuales fueron los móviles de la falsa noticia originada en la prensa derechista gringa sobre la muerte de Pepe Mujica, ex guerrillero tupamaro, reo, ex ministro, líder político del Movimiento de Participación Popular y del Frente Amplio y ex Presidente de Uruguay quien mas bien anda por ahí muy activo en los círculos de la reflexión internacional, sobre el mundo en tiempos de Trump. Pero que sirva el incidente para hacer el elogio antes que el epitafio del héroe. Todos tenemos enemigos y el seguramente no ha sido perfecto. ¿A cuenta de que había de ser?

¿Que se pasó de locuaz en un par de ocasiones? Pero, a mi exigente e informado criterio, Pepe Mujica ha sido el gobernante latinoamericano que mas se acercó, en nuestro tiempo o cualquier otro que recuerde, al prototipo del demócrata ideal, del líder y el jefe de estado sin tacha, siempre al servicio de su pueblo. A ese ideal ancestral cristiano de que quien quiera ser primero, sirva al último. Hay otros por supuesto en su categoría, entre prohombres y padres de nuestras jóvenes patrias. Don Pepe fue en nuestro propio día y siglo uno de los lideres que inspiró  esperanza a la izquierda latinoamericana, ascendente del 2000 al 2015. Con Michelle Bachelet y Rafael Correa, Hugo Chávez, Lula de Silva y Digna Roussef, Néstor Kirchner, Evo Morales y brevemente Fernando Lugo, el mismo Mel Zelaya y  otrora también, Daniel Ortega, que devino pequeño dictador-con-rosario.  A varios de ellos les puedo poner alguna tacha y no recuerdo a nadie mejor.

Los sicólogos que analizan el arte del retratista aseguran que cuando el artista retrata a otro –insólitamente- siempre de alguna manera se autorretrata. (El modelo básico que mejor conocemos todos es el propio) Y seria desingenuo de mi parte dejar de confesar que me identifico plenamente con Mujica, guardando las proporciones  y sin olvidar por un instante que tuvo mucho más éxitos que yo en su carrera de servicio publico. Expreso simplemente mi admiración. Ya que serlo era tan difícil, Pepe  fue el presidente que me hubiera gustado tener y con quien colaborar.

Claro en varios sentidos Pepe tuvo varias ventajas. Fue ciudadano y presidente de la Republica del Uruguay, una de las mejor educadas, de más democrática tradición, con niveles de desarrollo muy superiores a la media. Y su presidencia sobrevino y fue sucedida  con otras presidencias de izquierda, la del Dr. Tabaré Vásquez y coincidió con un florecimiento mayor de la izquierda latinoamericana, de la cual Mujica era un miembro, critico, pero solidario. (Alguna vez lo metieron en problemas declaraciones suyas sobre algunos de estos vecinos izquierdistas queridos.)

¿Qué cosa en concreto admiro de Pepe Mujica? Me siento incomodo llamándolo humilde. (Porque no deja de haber en su plante, un intimo orgullo, una conciencia discreta de sus propia superioridad moral y siempre expresó sus opiniones y criterios con la contundencia de quien los ha estudiado y defiende una verdad.) Digamos que nunca tuvo que ensalzarse a si mismo para serse fiel. Autocrítico en vez de ególatra. Desenfadado en  vez de solemne. Eficiente en vez de grandilocuente, practico en vez de alucinado. Pepe fue un dirigente que maduró, un ministro eficaz de agricultura y ganadería, un presidente honrado (eso por si solo lo pone en una categoría selecta) valiente, que supo respetar a sus colaboradores y exigirles resultados, pero además un político democrático, de visión y disciplina. Un líder congruente con la izquierda que, sin embargo, exige flexibilidad y pragmatismo para resolver problemas que el dogma ortodoxo más bien complica.

La derrota de su guerrilla y el castigo en la cárcel no vencieron  moralmente a Pepe Mujica. No lo  hicieron abdicar del anhelo esencial ni lo endurecieron en el capricho violento. Lo impulsaron a cambiar, de actitud y de estrategia, de método y recurso, para alcanzar la misma meta. Por eso es que declara que los perdedores son los que dejan de pelear. No por miedo, si no por un nuevo sentido de responsabilidad, por una nueva inteligencia del problema había que luchar pacíficamente por la justicia. Para ser justa la batalla por la justicia tiene que tener resultados.

No es que me haga ilusiones. Sin embargo, en el 2012 el filosofo argentino Eduardo Sanguinetti propuso que se nominara a Pepe Mujica para Premio Nobel de la Paz. Pido a mis amigos que impulsemos esa nominación. Mujica no solo  desactivó y resolvió el conflicto –surgido antes que el llegara al poder– con Argentina, sobre la actividad industrial en su frontera riverina, con su actividad política justiciera pero pragmática, de impulsar un Movimiento dentro de un Frente Amplio, desactivó la energía violenta que en el Uruguay había dado pie al nacimiento del Tupamaro, manifestación de una guerra social latente que aun esta por resolverse y hierve como lava subterránea en el resto de America Latina. Su sentido de la justicia desde el poder público… es la respuesta definitiva a la violencia, la única que previene la explosión. La paz que no puede ser fruto de fuerza y dictadura.

Con todos sus defectos, sin dejar de ser revolucionario ni por un instante, Pepe Mujica dejó las armas que había tomado con una causa legítima, invocó la razón como instrumento, se avocó a la democracia electoral –por estos días tan vilipendiada– nos enseñó un camino a los latinoamericanos comprometidos con la transformación de nuestros países y sociedades. Eso merece un premio para Pepe, antes que sus socios o sus enemigos lo alcancen a matar, en carne y hueso porque nadie lo va a poder borrar de nuestra imaginación moderna.

 

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